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Mente y Soledad En El Bosque

19 de enero de 2026

En medio de tanto silencio puedo sentir la brisa del aire fresco sobre mi rostro, el silencio es amigo, aliado de tanta belleza, parece ser que la mente puede jugar sola en este laberinto donde se escucha el crujir…

Mente y Soledad En El Bosque

En medio de tanto silencio puedo sentir la brisa del aire fresco sobre mi rostro, el silencio es amigo, aliado de tanta belleza, parece ser que la mente puede jugar sola en este laberinto donde se escucha el crujir de las hojas, desde la mañana no pasa un alma pero solamente es el aire y las hojas secas del otoño, que invaden mi vista, mi alma y respiro profundamente para ver si es verdad, si estoy vivo o es un sueño, tal vez mi mente aprendió del sueño y me trajo solo aquí, pero de algo estoy seguro, las hojas resuenan cálidamente que no puedo evitar sonreír, parece algo loco pero estoy solo…quiero compartirlo con alguien pero no se como hacerlo, hace un tiempo que no hablo con nadie, será que la naturaleza me atrapó y me quito las palabras? O solo reflexiono con mi mente.

Los animales no hablan pero creo entenderlos, o ellos me entienden a mi, el bosque también me entiende? O es solo el silencio que atrapó mi mente y juega de una manera cautiva, estoy seguro de que las raíces de este árbol milenario tienen la fuerza necesaria para sostener el viento del invierno, necesitamos raíces, necesitamos aprender más de estos árboles.

Tal vez por eso, incluso cuando la mente encuentra refugio, algo sigue buscando sostén. Porque entender no siempre es suficiente, la mente puede aquietarse pero no sabe abrazarse sola, necesita raíces que no sean solo internas, algo que no se mueva con solo pensamientos, alguien que no desaparezca cuando llegue el invierno.

Ahí la soledad cambia de forma, ya no es silencio ni naturaleza, sino la pregunta de hasta dónde puede sostenerse uno sin salir de sí mismo.

Con el tiempo entendí que la mente también aprende a imitar raíces, se aferra a ideas, a recuerdos, a certezas mínimas para no caer. Pero no todas se sostienen igual, algunas apenas alcanzan el día, otras se quiebran con el primer viento. Pensar calma, si, pero no siempre contiene. Y cuando la mente queda sola demasiado tiempo, empieza a girar sobre sí misma, convencida que insistir es lo mismo que avanzar.

Es importante caminar, recorrer, observar y admirar todo este bosque que nos enseña cuánto espacio hay sin descubrir, cuánta belleza queda por disfrutar y cuánto camino nos queda por pisar… las raíces al fin y a cabo se secaran y volverán a nacer con nuevas ideas y formas de ver, el silencio ayuda pero aturde, y la mente no está acostumbrada al silencio…no de esta manera, pero es importante poder alejarse un poco para apreciar la visual, al fin y al cabo llegamos a este bosque para eso, para aprender a observar y sentir que aún estamos acá, respirando y viviendo de la misma forma que este árbol con sus raíces fuertes.

El silencio se puede escuchar, dijo alguien alguna vez, y nunca lo entendí, pero hoy mi Mente parece estar armando un plan silencioso donde quiere quedarse en off, y yo no quiero dejar de pensar, pero algo me dice que tengo que parar, pensar una y otra vez no estaría funcionando, es momento de soltar y fluir, y tal vez recién ahí pueda entender que el silencio se puede escuchar.

Tal vez por eso, aun cuando el silencio enseña, queda una pregunta suspendida. No sobre la naturaleza ni sobre la mente, sino sobre hasta dónde puede sostenerse una vida sin ser tocada por otra. Hay cosas que no se caen por falta de raíces, sino por falta de alguien que las vea.

Tal vez animarse no tenga que ver con salir del silencio, sino con dejar de esconderse detrás de él. Porque pensar protege, ordena, sostiene, pero también puede volverse una forma elegante de no exponerse. Animarse entonces sería permitir que algo de lo que pasa adentro no quede atrapado en la mente, aunque no se sepa aún cómo decirlo.

Hay momentos en que la soledad deja de enseñar y empieza a exigir una decisión. Porque quedarse también es una forma de elegir, aunque no siempre sea la más viva.

Hasta cuando o mejor dicho cuánto tiempo más tiene que pasar para que mi mente entienda que la soledad es una elección, cuanto más pasará para darme cuenta si realmente fue una elección, o el simple hecho de no accionar por miedo a perder.

Esconderse dentro de la vida es vivir como un camaleón para sobrevivir, aunque a veces termine creyendo que lo hago para cuidar a mi mente, todavía no entiendo exactamente de que la estoy cuidando, al final de cuentas es por eso que decidí comenzar a recorrer este camino, a sentir un poco más la vida desde otra perspectiva, a pesar de tener grandes habilidades creo que puedo sobrevivir un fracaso más, apostando a la vida y a la alegría de saber cómo se siente sonreír por el simple hecho de ser feliz, estoy dispuesto a intentarlo pero antes de hacerlo creo que es necesario terminar esta caminata, este recorrido, este laberinto hermoso donde la mente trasladó su ira y me enredo una vez más.

Es necesario pasar por acá, por este lado y entender que la prioridad de la mente es la supervivencia y la de mi soledad, el resguardarme. Pero no puedo seguir escondiéndome para no lastimarme, claramente afuera hay un mundo y es necesario romperse para volver a vivirlo.

Aun así, el recorrido empezó a mostrar otra cosa. Que la vida, vista desde otra perspectiva,exige algo más que resguardo. Que sobrevivir no siempre alcanza, apostar a la alegría incluso con miedo, incluso con dudas, también es una forma de cuidado.

La mente es hábil para armar refugios, pero no debería ser una cárcel. Pasar por ahí fue necesario, pero no puedo quedarme escondida para no lastimarme, afuera hay un mundo, y a veces es necesario romperse un poco para volver a vivirlo.

Después de animarse no viene la calma inmediata, viene el desorden. La mente, acostumbrada a controlar, protesta. Quiere volver al refugio conocido, a ese silencio que no lastima porque no exige nada. Pero algo ya se movió, una vez que se cruza cierto umbral, no se puede fingir que no existe.

Animarse tampoco garantiza compañía, a veces solo deja más expuesta la propia voz, más visible la fragilidad. Sin embargo, hay una diferencia sutil pero decisiva, ya no se trata de sobrevivir, sino de estar presente. De aceptar que pensar no alcanza para vivir, que entender no reemplaza al encuentro, que incluso el miedo cambia cuando no se usa como excusa para quedarse quieto.

La mente sigue ahí, claro. Sigue analizando, midiendo riesgos, recordando viejas caídas. pero ya no manda sola, aprende, de a poco, que no todo se resuelve anticipando, que algunas cosas solo se ordenan después de haber sido vividas.

Quizás de eso se trate finalmente, no de dejar de pensar, ni de abandonar la soledad, sino de no usarla como escondite. De animarse aún sin garantías, y que vivir, aunque a veces duela, siempre implica salirse de uno mismo…