Reseña Literaria

Jasy

Jasy

Hay libros que no solo se leen, sino que se habitan. Jasy es uno de ellos.

Florencia Bonelli tiene la capacidad, que pocos escritores logran, de entretejer la historia con la emoción de una manera que se vuelve adictiva. En esta ocasión nos lleva a las orillas del río Paraná y al corazón de las misiones jesuíticas de San Ignacio Miní para contarnos el origen de una historia de amor que no tiene nada de sencilla, aunque todo de genuina.

La novela arranca con un nacimiento y una muerte casi simultáneos. Una mujer malherida da a luz en la costa del Paraná y, antes de morir, deja en el mundo a una niña rubia de ojos claros que parece haber llegado de otro tiempo. Son el padre Ursus, misionero jesuítico, y el joven Aitor quienes la encuentran. Él le pone un apodo que la acompañará toda la vida: Jasy, que en guaraní significa luna. Y como la luna, Emanuela ilumina todo lo que toca.

La historia que sigue transcurre a lo largo de la infancia y adolescencia de ambos protagonistas. Emanuela crece dentro de la familia de Aitor, que la adopta con una naturalidad que emociona, y desde muy pequeña se convierte en alguien especial dentro de la misión. La llaman Niña Santa porque tiene un don para sanar, una pureza que desarma y una inocencia que a veces duele de tan real que es. Aitor le lleva cinco años, y esa diferencia que de niños no significa nada, de adolescentes lo cambia todo.

Lo que Bonelli construye entre estos dos personajes no es un romance que estalla de golpe, sino un vínculo que crece lento, como las raíces. Un amor hecho de cotidianidad, de miradas que dicen lo que las palabras todavía no saben nombrar, de un deseo que Emanuela empieza a sentir sin entender del todo de dónde viene ni por qué es él, siempre él. No hay escenas explícitas en este primer libro, pero hay una tensión afectiva y sensorial que se sostiene con mucha inteligencia narrativa a lo largo de toda la historia.

El quiebre llega cuando Emanuela, con quince años y un corazón todavía sin las herramientas para procesar el dolor, ve a Aitor con otra mujer y lo interpreta como la confirmación de lo que más teme: que ella no es suficiente, que él no la quiere de la manera que ella lo quiere a él. Y se va. Se va a Buenos Aires sin decirle nada, llevándose consigo ese dolor que no sabe cómo poner en palabras. Es un final que duele exactamente en la medida justa, porque no cierra nada, sino que deja todo abierto para lo que viene.

Pero más allá del romance, lo que me pareció verdaderamente valioso de este libro es lo que subyace en la historia de Aitor. Él es un personaje que carga con algo que muchos reconoceremos: la convicción profunda e irracional de no merecer lo bueno que la vida le ofrece. El amor de Emanuela es evidente, puro, sin dobleces, y aún así él no puede recibirlo sin sabotearse. Eso, la forma en que las heridas de abandono y la falta de amor propio distorsionan los vínculos más genuinos, es quizás el tema más humano y más vigente que Bonelli toca en esta novela.

Yo leí este libro teniendo fresco el recuerdo de haber visitado las ruinas de San Ignacio Miní, y eso transformó la lectura en algo casi visual. Podía imaginar cada escena desenvolviéndose entre esas piedras, bajo ese cielo del litoral. Si ya conocés ese lugar, la experiencia lectora tiene una capa extra que es difícil de describir.

Le doy cuatro estrellas porque la novela cumple todo lo que promete y un poco más, aunque como primer libro de una trilogía, siente que recién está calentando motores. Se lo recomiendo a quienes disfrutan de las novelas históricas con corazón, a quienes les interesa el mundo guaranítico y la historia de las misiones jesuíticas, y especialmente a quienes alguna vez sintieron que el amor —el propio o el ajeno— se complicó no por falta de sentimiento, sino por exceso de herida.

El libro dos ya me espera. Y yo ya sé que no voy a poder parar.

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